Levitaba distraída por el cielo de Veracruz, cuando se interpuso frente a mí de un salto a propulsión, intentando sorprenderme con un ramo de estrellas recogidas al apuro de alguna galaxia. Eso habría sido lo más cercano a un amor a primera vista que tendría en mis trescientos treinta y ocho años vida hasta ahora. Pero nos sucedió algo no tan distinto, su amor me fue invadiendo de a poco, como si la vida de ese marciano azul se basara en demostrar la unicidad de esta venusina gris.
Él fue muy distinto a los demás, pues tenía un corazón solitario, aventurero y poeta a la vez. Pertenecía a una raza de seres que poseían una gran cavidad torácica, algo útil en estos tiempos difíciles pero ese no es el cuento. El día que me sentí totalmente embobada en su amor fue cuando me leyó un par de versos que mal escribió para otra, ella no era de esta constelación sino de los limites con Orión, pues vivía pegada al cinturón de asteroides de otros seres, seguro saben a qué me refiero. Me dijo que ella no los merecía, así que guardo esos versos junto con una extraña y pequeña criatura de enormes ojos, un Erfito, que consiguió en un viaje al espacio interestelar. Los guardo para la siguiente que volviera a embobar, esa soy yo. Sus versos decían así:
Te espero como quien suelta sus dudas atándolas a un asteroide
y descansa en la superficie de algún planeta
hasta que el viento solar le devuelva una aurora de respuesta.
Te espero porque mientras el universo encendía las estrellas,
ya soñaba tu presencia. Tan cerca, tan fugaz, tan bella.
Cargo tu recuerdo, el peso de un millón de soles en tu ausencia.
Si no te vuelvo a ver
encarcelaré a un núcleo mi gran corazón,
vendaré mis ojos con el oscuro espacio,
amenazaré al tiempo con no volver,
me llenaré de temor,
clavaré con diamantes
mis manos a cometas interestelares,
soñaré con llevarte
al infinito en medio del frío.
Si te pierdo moriré tranquilo
entre los furiosos volcanes de Mercurio.
Lo cursi era que cuando lo leías, el Erfito se desintegraba en un plasma verde encendido, luego esto se elevaba y te cubría en un domo, entonces las paredes de este reflejaban lo que leías en vivos colores, como uno de esos viejos filmes terrícolas. Tan real que al ver el bello paisaje volcánico de Mercurio podías caminar sin llegar a chocar con las paredes del domo porque estas se expandían. Era tan hermoso.
Junto a él compartí eones en el asiento trasero de su DeLorean antigravitacional. Vimos morir muchas enanas blancas, incluso altero una de esas supernovas para que tomara la forma de mi rostro gris cuando estalle. Eso no era cursi, razas se extinguieron.
Cuando lo conocí, él era el encargado de la seguridad en el parque interespacial de supernovas, del que su padre era dueño, al este del Universo. Yo apenas entraba en mis primeros ciento cincuenta años, muy joven aún. Hice ese largo viaje con mis compañeras de la academia espacial, donde él estudiaba también. Todo debía suceder como la mayoría de los visitantes allí presentes ya se lo esperaban, pues el proceder del tiempo es algo que se domina ahora, nada ni el futuro es desconocido.
Salí de la órbita trazada para poder ver las supernovas al resbalar con moco de un niño Wroensquiano, de esos babosos que no tienen pies y se arrastran. Floté lentamente hacia el centro de las supernovas, tenía una hermosa vista de todas ellas, mientras que todos capturaban el desafortunado momento en sus capacitores oculares. Sabían que me rescatarían pero yo no. Corrí con suerte hasta que noté que lo que mantenía estáticas a las supernovas era un vórtice hiperboloide rojo. Sabía que no moriría pero si me iba a despeinar, quedaría con los cabellos parados por varios días, así como cuando tocas un generador de Van De Graaff cuántico. Eso lo leí en la tableta de información que te dan al entrar al parque. Fue entonces cuando mi marciano azul entra en acción. Estaba preparado, él también sabía que tendría que rescatarme. Sin mayor apuro detuvo las revoluciones del vórtice, entonces las supernovas brillaron más, dejando espacios opacos y luminosos a la vez. Era como estar en los frondosos bosques de Saturno, en las noches sus lunas producen ese efecto de opacidad y luminosidad simultáneamente.
Y como si fuera necesario incrementó la gravedad interna de su traje antigravitacional, atrayendo mi pecho a una pequeña rapidez hacia el suyo. El lento viaje hacia él fue eterno y cautivante mientras lo veía de reojo de pies a cabeza, hasta que choqué contra él no tan bruscamente ya que una mínima inercia llevó mis labios a su mejilla. Él estaba preparado, me esquivó. La escena fue suficiente para que lo comience a buscar en la academia, él estaba por graduarse de allí.
Luego de un par de décadas terrestres yo también salí de la academia, mientras que él por sus conocimientos en el interespacio donde vivía, ayuda en el mantenimiento de la seguridad en los confines de extensión del Universo. Viajaba por un vórtice hiperboloide azul hasta allá, cuando volvía me traía un Erfito cada vez más extraño y versos nostálgicos.
Aunque nadie estaba seguro de cómo eran los límites, decían que había agujeros negros que producen la expansión del Universo. Tampoco nadie sabe qué hay del otro lado. Puede haber una conexión a otros Universos o nada, lo seguro es que es un viaje sin retorno.
Mientras yo me ocupaba de mantener la supervivencia de razas menos avanzadas, él se ocupo de proteger al Universo entero durante los próximos cien años. Hoy se cumplen sesenta y ocho años de su desaparición, junto a su equipo de seguridad. Ahora se sabe que lo que estira al Universo son seis agujeros negros en sus límites, sin embargo aún no se conoce qué hay del otro lado de ellos. Pero no pierdo la esperanza de verlo un día nuevamente, porque desde que lo perdí comencé a entender lo que escribía en sus versos. Yo también lo espero y sueño con verlo regresar desde ese frio infinito al este del universo.



